“Es dado al hombre, señor, atacar los derechos ajenos, apoderarse de sus bienes, atentar contra la vida de los que defienden su nacionalidad, hacer de sus virtudes un crimen y de los vicios una virtud; pero hay una cosa que está fuera del alcance de la perversidad, y es el fallo tremendo de la historia. Ella nos juzgará”
Benito Juárez. Contestación a Maximiliano
Señoras y Señores:
Ayer martes conmemoramos con gran honor el Bicentenario del Natalicio de Don Benito Juárez García, porque en el se reunieron valores tales como el respeto a la Libertad y la Justicia, la procuración de una equidad social y sobre todo honestidad, que en la actualidad nuestro país sigue requiriendo para lograr avances sustantivos en su sociedad, economía y política.
Toca hoy a todos los que formamos parte del Instituto de la Policía Auxiliar y Protección Patrimonial, encabezados por el Comisionado Juan Antonio Nemi Dib, sumarnos a estos festejos del indio de Guelatao, del Oaxaqueño extraordinario, del mexicano inmortal que ha hecho que la mayoría de los mexicanos nos sintamos, en la medida en que ahondamos en el estudio de su vida y de sus actos, orgullosos de que un ser humano, de virtudes tan significadas, haya nacido, para honra nuestra hace 200 años y un día en nuestra patria.
En medio de una existencia plena de amarguras, grandes fatigas y decepciones mostró siempre la constante de los grandes hombres: inteligencia, sentimiento, carácter, y la enseñanza superior de vivir siempre en el decoro y la dignidad, con la justa medianía de su salario.
Éste Bicentenario de su Natalicio es propicio para recordar su obra fecunda, pero principalmente sus enseñanzas. Justo cuando el país atraviesa por asedios imperiales que lo hacen perder soberanía, ante un gobierno pusilánime, que ha terminado por convertirse en vocero defensor, y obediente fiel de los intereses de la potencia bélica norteamericana, alejándose de esta forma de la tradicional política exterior que el Patricio nos heredara; la del respeto irrestricto que cada nación tiene para determinar su rumbo político-económico, porque esa posición salvaguarda nuestra integridad como nación independiente y soberana.
Correspondió a él protagonizar una etapa decisiva en la construcción del México moderno en la que se consolida la identidad de la nación y forma cuerpo el Estado Mexicano, basado en leyes e instituciones republicanas, tiempo después de que la nación había perdido más de la mitad de su territorio, el más rico por cierto de los Estados Unidos, y de que el país se había desangrado por las interminables guerras, rebeliones y asonadas, fomentadas por la Iglesia Feudal contra los liberales, que hizo que promulgaran en el puerto de Veracruz las Leyes de Reforma, no por un simple anticlericalismo, sino como una acción de poner al Estado por encima de voluntades, dogmas y religiones cuyos representantes se habían enriquecido a costa de la pobreza de las masas sociales que Juárez no toleró, convirtiendo con la separación de la Iglesia y del Estado. Civil al matrimonio, al nacimiento y a la muerte; desamortizando los bienes de la Iglesia y suprimiendo el fuero eclesiástico, elementos todos que conformaron la secularización de la Sociedad.
Allí se muestra el Benemérito ya como un estadista cuya virtud fue la constancia heroica a la que indudablemente ciñó todos sus actos, y transparentó su capacidad y vocación republicana, escribiendo así la epopeya extraordinaria de la Reforma, que la podríamos sintetizar en aquella frase de Don Benito que transcribo “”La Constitución debe prestigiarse a fuerza de ser cumplida y acatada. El Estado es la expresión del poder o no es soberano, frente a otras corporaciones. O interviene El Estado en materia de corte religioso para detener los abusos del clero o no alcanza la supremacía legítima, la potestad civil”.
A él le debemos la consumación de la Segunda independencia de México, a partir de la defensa heroica que de nuestro territorio e identidad hizo, después de 7 años de penurias, en una guerra dolorosa, desigual y larga contra el imperio francés y los conservadores traidores que al verse afectados por el gobierno del Patricio, encabezaron la revuelta y decidieron ir a Europa a poner en bandeja de plata a la Patria, trayendo a un príncipe como emperador, quien apoyado por los ejércitos napoleónicos quisieron hacer de nuestro país una nueva colonia, sin considerar que la habitaba un hombre que la amaba entrañablemente, y por quien había sacrificado hasta su familia, al ver morir entre destierro, cárcel y guerra a varios de sus hijos, y poco después a su querida Margarita, quien fue su apoyo, su maestra, su guía y su inspiración en prácticamente toda su vida.
Fue él y aquel Gabinete de titanes de Melchor Ocampo, de Guillermo Prieto, de Manuel Doblado, de Miguel y Sebastián Lerdo de Tejada que en franca desventaja militar, sin dinero, acosados y perseguidos llevaron la república de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, haciendo camino para evitar que el último reducto del Estado mexicano y el archivo histórico de la nación cayera en manos del imperio francés, y al lado de los generales Ignacio Zaragoza, de Porfirio Díaz y de Mariano Escobedo hizo que “”las armas nacionales se cubrieran de gloria”, derrotando a los invasores y traidores en Querétaro, fusilando a los usurpadores no como un acto de venganza política, o como un castigo a quien por ambición sembró el terror y causo la desdicha de miles de mexicanos, sino para demostrar al mundo nuestra irreductible voluntad de ser una nación soberana , y como un acto de constancia y ejemplo para todos aquellos bastardos que en lo futuro osarán repetir la aventura.
Así culminaban 7 años de penurias y sufrimientos que solo por la firmeza de sus principios, su patriotismo y el amor por el pueblo mexicano que asistía a don Benito y la causa que enarbolaba, lograron el triunfo de una nación que erróneamente los traidores y el emperador consideraban derrotada de antemano.
A partir de ese momento, los hombres de la Reforma dedicaron su tiempo a restaurar la República, a reemprender la magna tarea de la Reconstrucción Nacional, dado que para ello ya existían las bases jurídicas necesarias.
En su último tramo como Presidente de la República Don Benito se dedicó a reorganizar la situación económica del país, redujo al ejército, organizó una reforma educativa, ordenó sofocar los alzamientos militares, enfrentó la división de los liberales y se mostró respetuoso ante la organización de los obreros y artesanos de la República.
Celebrar doscientos años del natalicio de Juárez, es tributo no tan sólo a uno de los hombres más lucidos del siglo XIX, sino a toda una corriente ideológica fincada en la razón y orientada a la justicia que trascendió las Fronteras de México. Su pensamiento tuvo una gran influencia en José Martí para promover la independencia de Cuba.
Benito Juárez nos enseñó que por encima de las diferencias ideológicas estaba México; que por encima de los intereses personales o de grupo estaba la Patria; que el poder no se buscaba por el poder mismo sino para implementar una serie de políticas públicas, que llevaran bienestar social al pueblo sin distingos de credo, pensamiento, raza o posición económica, ejemplo que deberían imitar los que lo buscan hoy, en el proceso electoral que vivimos, plagado de escándalos, de videos, de llamadas telefónicas grabadas, de los abusos del poder, de las grandes riquezas y del influyentismo familiar, que se han convertido en temas nacionales cotidianos, en lugar del Programa de Gobierno y del Proyecto de Nación que nos ofrecen para disfrutar un mejor futuro.
Hoy que la política es Marketing, donde los candidatos apuestan sus triunfos o derrotas a la imagen mediática y no a las ideas, ni al conocimiento de los problemas y la propuesta de soluciones, deberían abrevar de la obra Juarista que jamás recurrió a este tipo de escenarios para ocupar la Presidencia de República, desde la que sirvió a México de manera permanente y apasionada.
En estos tiempos políticos cuando existe un desmedido derroche de recursos, para que la ciudadanía pueda conocer a cada candidato a través de campañas opulentas, el pensamiento y obra de don Benito debe convertirse en eje rector de la política mexicana.
Nuestro país requiere la reconstrucción de su unidad, porque hace falta una autoridad nacional que se encuentre ajeno a los conflictos y no sea parte de ellos; que promueva la cohesión de los mexicanos y no su división.
Hoy, al evocar su memoria sabemos, siempre sabremos que don Benito es el verdadero Fundador del Estado Mexicano, promotor incansable del Laicismo, el Servidor Público austero, el defensor tenaz de la Patria, el indígena Zapoteco que demostró la verdadera cultura del Esfuerzo, un defensor de los derechos fundamentales del hombre, un político que privilegió la responsabilidad pública por encima de los deseos individuales; un hombre congruente que subordinó su vida personal y su propio accionar como funcionario a esos valores.
Señoras y Señores:
Juárez nos enseñó que México está por encima del destierro; que México vale más que la cárcel; que por México vale el sacrificio familiar, las penurias y las pobrezas. Que México es más que un simple pedazo de tierra y un puñado de gente, sino una extraordinaria nación con historia, con hombres y mujeres que trabajan para engrandecerla todos los días; que buscan en sus instituciones el vínculo para consolidar la Unidad Total, la Democracia plena, la Justicia Igualitaria, la Libertad y el Progreso Social que lleve a las nuevas generaciones al disfrute de una vida sin carencias ni necesidades.
Así soñó a México Juárez, así tendremos que construirlo. A pesar de todas las dificultades que sus enemigos y detractores nos pongan.
¡Viva Juárez!
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